11 de feb. de 2015

La biblioteca como motor de la inclusión social y digital de sus comunidades


Si bien los conceptos de brecha digital y alfabetización digital son por lo general de uso común, el término inclusión digitales es bastante novedoso. Inclusión digital es una categoría más amplia que integra a los otros dos. Es importante destacar que la “inclusión digital” se ha articulado específicamente para abordar las cuestiones de oportunidad de acceso igualitario al conocimiento y habilidades tecnológicas. En pocas palabras, la inclusión digital es un marco para evaluar y considerar la preparación de las comunidades para facilitar el acceso y la igualdad de oportunidades de los individuos en la era digital. La ubicuidad de Internet plantea retos y oportunidades para las comunidades y las personas por igual. Estos retos y oportunidades, sin embargo, no se distribuyen uniformemente entre todos los miembros de la sociedad. La tecnología digital ha abierto nuevos espacios privilegiados para unos y excluyentes para otros, dejando algunas poblaciones aisladas del vasto reino digital. Incluso el acceso equitativo, ya no es suficiente, ya que cada vez con más frecuencia la vida digital requiere que los usuarios sean mejores usuarios. Además ahora en el entorno de la web 2.0, los usuarios no son – ni deben ser- consumidores pasivos de información, son fundamentalmente creadores de contenido que comparten contenidos con otos. Por lo que el acceso equitativo y la participación proactiva en el entorno en línea es esencial para la vida contemporánea. Sin embargo, comunidades e individuos se encuentran en diferentes niveles de preparación en su capacidad para acceder y utilizar Internet y una amplia gama de tecnologías y contenido digital. Además el costo de la exclusión digital es grande, ya que sin acceso, la plena participación de los individuos en los distintos logros sociales como el éxito económico, el logro educativo y el compromiso cívico se ven altamente comprometidos.

“Las bibliotecas deben ser el corazón de la construcción de comunidades digitalmente inclusivas, capaces de conectar la biblioteca a su comunidad”

La inclusión digital es la capacidad de los individuos y grupos para acceder y utilizar las tecnologías de información y comunicación. Inclusión digital implica no sólo el acceso a la Internet, sino también la disponibilidad de hardware y software; contenidos y servicios pertinentes; y la capacitación para la alfabetización digital requerida para el uso efectivo de las tecnologías de información y comunicación. Cada vez son más las personas sin acceso a un ordenador en casa que están recurriendo a las bibliotecas como un conducto para acceder a Internet. Por ello nuestras bibliotecas deben ser el corazón de la construcción de comunidades digitalmente inclusivas, para conectar la biblioteca a su comunidad, y considerar como los servicios bibliotecarios que apoyan la inclusión social son un apoyo para mejorar la capacidad laboral y paliar el desempleo, a través de iniciativas de alfabetización digital de la biblioteca, y la aportación de espacios para otros colectivos de la comunidad. Esto coloca a las bibliotecas en un contexto comunitario que hará que sea más fácil identificar las brechas y demostrar los impactos de nuestros servicios y recursos tecnológicos. Los servicios bibliotecarios que apoyan la inclusión social son un apoyo para mejorar la capacidad laboral y paliar el desempleo, a través de iniciativas de alfabetización digital de la biblioteca, y la aportación de espacios para otros colectivos de la comunidad

Articulo completo en la página de Universo Abierto:
Ver infografía:
http://ebookfriendly.com/libraries-digital-inclusion-infographic/public-libraries-lead-the-way-to-digital-literacy-infographic/

15 de ene. de 2015

Creación y sostenimiento de las bibliotecas escolares: algunas reflexiones sobre los orígenes y desafíos de las políticas públicas en Hispanoamérica


El concepto de biblioteca escolar, esto es, un centro de recursos bibliográficos gestionado por un especialista, que ocupa un espacio propio dentro del edificio de la escuela y cuyo objetivo es nutrir al alumno en su proceso de aprendizaje, surgió a la par del concepto de “escuela moderna” a fines del siglo XIX y principios del XX.
En contraste con la pedagogía tradicional, que acentuaba la memorización de lecciones, pedagogos como el belga Ovidio Decroly, el francés Cèlestin Freinet o los estadounidenses William H. Kilpatrick y John Dewey, entre varios otros, concibieron a la escuela moderna como la institución responsable de desarrollar en los jóvenes habilidades para la solución de problemas y el pensamiento crítico (Bonilla, 2008). Esta manera de entender la educación le dio un papel activo al alumno. Lo hizo sujeto de su aprendizaje. Estas ideas favorecieron la democratización del conocimiento, la ampliación de las oportunidades de escolarización a todos los niños y jóvenes, sin distinción de clase o género, y apostaron por la educación como palanca para el desarrollo de las naciones. La pedagogía de la escuela moderna (que incluye entre sus supuestos a la biblioteca escolar) se gestó a la par de la construcción de los Estados nacionales y de los movimientos sociales que buscaban construir sociedades más igualitarias. Si bien, por lo general, las políticas públicas no se distinguen por la rápida asimilación de la teoría educativa a sus acciones, en esta ocasión las nociones acerca de la escuela moderna encontraron terreno fértil en las políticas públicas de varios países que estaban en el proceso de construir un sistema educativo de cobertura universal. En particular, las ideas referidas a la existencia de bibliotecas en las escuelas para promover el verdadero aprendizaje, que propusieron los ideólogos de la escuela moderna, hallaron eco en algunos políticos y funcionarios públicos comprometidos con la tarea de construir un sistema de educación pública en su país. En América Latina y más tarde en España, estas ideas dejaron huella en la política educativa. Destacan entre otros, en la segunda mitad del siglo xix, Jules Ferry en Francia, Domingo Faustino Sarmiento y Juana Manso, en Argentina; y, a principios del siglo xx, José Vasconcelos en México y, casi 40 años después, Jaime Torres Bodet. Todos ellos desempeñaron los más altos cargos y desde esos puestos tuvieron la misión de diseñar la educación pública de su país. En esa capacidad promovieron con fuerza (es decir, con voluntad política e importantes recursos financieros) la creación de bibliotecas escolares.

Capitulo tomado del libro Lectura y bibliotecas Escolares, Elisa Bonilla, Fundación Santillana. Libro completo en: http://www.oei.es/metas2021/LECTURA.pdf

17 de dic. de 2014

Investigación sobre el papel de las bibliotecas e instituciones en la financiación del acceso abierto

El acceso abierto tiene una influencia cada vez mayor en el mundo editorial universitario. A pesar de las fuertes discusiones y debates en curso, aún no se ha entendido bien  el impacto que tiene y tendrá este modelo de comunicación científica sobre el ecosistema de la edición. Publishers Group Comunicación (PCG) ha llevado a cabo este estudio para entender cómo las bibliotecas ven el acceso abierto, ¿qué papel juegan en este modelo?, y si podría haber potencial para que bibliotecas y  editores lleguen a acuerdos fructíferos en este ámbito. Este estudio se centra en la “ruta dorada”, en el que las tasas procesamiento de los artículos corren a cargo del autor para que el contenido esté accesible sin necesidad de suscripción. Estos costes, conocidos como cargos de procesamiento de artículo (APC), pueden ser financiados directamente por el autor, pero pueden también ser cubiertos por fuentes tales como subvenciones, subsidios o presupuestos de las bibliotecas institucionales. PCG diseñó una encuesta de 16 preguntas, que luego fue enviada por correo electrónico entre  julio y agosto de 2014  a un grupo internacional de más de 3.000 bibliotecarios,  y además para lograr el mayor alcance posible fue difundida por las listas de correo electrónico más relevantes la mayoría de las bibliotecas que contestaron a la encuesta dicen que incluyen en su catálogo recursos de acceso abierto (72%), aunque muchos estiman que éstos sólo representan el 5.1% del total de los títulos del catálogo. Los bibliotecarios consideran que los recursos de acceso abierto deben incluirse en su catálogo por una variedad de factores, incluyendo su relevancia y la importancia de la representación de los recursos propios de su universidad. También estiman que el Directorio de Revistas de Acceso Abierto (DOAJ) es una referencia importante para identificar publicaciones propias de acceso abierto. En la actualidad, la responsabilidad de los cargos de financiación para procesamiento de artículo  (APC) recae fundamentalmente sobre el autor o la institución. El 70% de las bibliotecas están proporcionando financiación con cargo a su presupuesto. Sin embargo, se estima que esta equivale a menos del 1% del presupuesto para las suscripciones de recursos tradicionales. Sólo el 19% de las instituciones involucradas en la financiación tiene un límite máximo establecido, por lo general esta financiación va desde los 2000 a  $3000.
La mayoría de los encuestados consideró que la biblioteca debería apostar activamente por el acceso abierto. Sin embargo, la participación en la financiación es un tema dado a la división de opiniones. Mientras algunos creen que la responsabilidad financiera debe recaer únicamente en el autor, otros consideraron que la biblioteca debe desempeñar un papel central en la financiación del acceso abierto, en parte, mediante el control de los fondos de APC. Se desprende de este estudio que aún no hay un camino claro hacia el futuro de la financiación del acceso abierto, pero se vislumbran muchas oportunidades para la innovación por parte de las bibliotecas y editores.
Tomado de: Lara, K.  [e-Book]  Open Access Library Survey: An investigation of the role of libraries in open access funding and support within institutions, PCG, 2014.